Cuando después de una sabrosa comida familiar, decidimos montar el árbol de Navidad.
Para quien no conozca este marisco, se trata de la zamburiña, un molusco bivalvo de tamaño más pequeño que la vieira y de concha más fina, exquisitas a la plancha.
Si algo caracteriza la época Navideña son sus loterías de Navidad y del Niño donde, a la vista de los resultados obtenidos, todos acabamos con la tan repetida frase:
¡Haya salud!
Y puesto que dicen que la felicidad influye de forma positiva en la salud, en Espacio Lector Nobel Vilanova hemos creado nuestro propio sorteo, un sorteo, ¡en el que todo el mundo gana!.
Tan solo basta con escribir, en la Carta de Papa Nöel y Reyes, aquellos libros que cada uno considera que formarían parte de su «Lote Extraordinario de Navidad», en función de sus gustos, aficiones e intereses personales y, una vez depositada en la Nobel, el gordo, ¡caerá aquí!.
En sus escaparates podremos encontrar una pequeña muestra de las últimas obras publicadas, pero en su interior cuentan con una gran exposición de narrativa, literatura infantil y juvenil, viajes, arte, ciencia, deportes y un sinfín de temáticas más.
Y puesto que la lectura facilita las relaciones sociales, con la participando en clubes de lectura; reduce el estrés y la ansiedad, evadiéndonos de los problemas del día a día; y enriquece nuestro vocabulario, recuerda que, el mayor premio de todos, es compartirla.
¿Te animas a compartir?
Para el diseño de este escaparate se ha jugado con la ambigüedad entre bombo de lotería/ bolas de navidad, donde los números se reemplazan por las portadas de las últimas publicaciones de la literatura infantil y juvenil (por ser la época del año en la que, los más pequeños, son los protagonistas) y sus décimos se han convertido en unas sencillas instrucciones sobre como participar para que, la magia, haga todo lo demás.
La fiesta infantil que os presento a continuación corresponde al cumpleaños del peque del año pasado, en la desescalada de los casi tres meses de confinamiento.
Aunque se hizo solo con los de casa y con su hermano pequeño como público infantil, el despliegue de medios bien podía valer para un evento multitudinario.
Cualquier cosa con tal de pasar el tiempo y que tuviese un cumple para recordar y… ¡vaya si lo recordó!… pero eso os lo iré explicando más adelante.
No recuerdo muy bien el porqué pero, durante ese confinamiento, a Darío se le dio por los faros; cuando jugábamos, la casa era un faro, los cuentos que nos inventábamos, tenían que ser de faros y, como no, en la decoración de su cumple, ¡también tenía que haber un faro!
Así que, aprovechando que me sigue muy bien el rollo para la organización de festejos y demás eventos, quedamos en que, entre los dos, y con material reciclado, prepararíamos la fiesta.
Fue ahí cuando toda la maquinaria de mi cabeza se puso a funcionar y decidí, sin que se diese cuenta, esconder los regalos dentro de las cajas que ya teníamos apartadas para la decoración:
«Xa preparei a estrutura do faro! a ver qué te parece, senón cambiámola «
«E estes serían os barcos, así faríamos o mástil e así a vela, gústache?»
Tras dar el visto bueno, se puso a pintar, sin imaginarse, ni por un momento, lo que contenían aquellas cajas recicladas.
Otra cosa que habláramos los días previos a la celebración era que quería que le preparase un mapa del tesoro (otro de los juegos realizados durante el confinamiento), fue así como, poco a poco, el cumpleaños, pasó a convertirse en una superaventura para el pequeño.
Tras comer cuatro chuches y soplar la vela llegó el momento de entregarle el mapa y, aunque él contaba con que el tesoro hacía referencia a los propios regalos, se quedó un poco descolocado cuando, en su lugar, encontró un cofre con monedas y una carta del Pirata Pata de Lata, el culpable de que sus regalos desapareciesen.
En dicha carta nos comunicaba que, para encontrar los regalos, deberíamos resolver los acertijos y, a partir de ahí, ¡su cara sí que fue un poema! Era algo con lo que no contaba.
Descifrados los acertijos solo queda decir que, entre la incertidumbre, la emoción, el ver que, en esas cajas que él había pintado, se encontraban sus regalos y el no saber muy bien cómo habían llegado hasta allí… simplemente… ALUCINÓ.
De ahí que, este año, ¡toca preparar otra aventura! el pequeño ya quería repetir la misma, pero lo convencí para cambiar la temática… ¡Los detectives de la casa del árbol serán nuestra próxima inspiración!
Como parte negativa de toda esta historia decir que, el Pirata Pata de Lata ¡nos siguió dando la lata! Y sino que se lo pregunten a abu Pepe.
A continuación os mostraré cómo diseñando unas alas y unas cabezas transmitimos sensación de dinamismo a un maniquí completamente estático.
DISEÑO DE LAS CABEZAS
1. Para el diseño de las cabezas utilizamos vendas de yeso cortadas en tiras, usando una cabeza de porexpan o un maniquí viejo como molde.
NOTA: Aunque el método más sencillo hubiese sido comprar cabezas de porexpan y cortarles el cuello, he preferido utilizar este material para perfeccionar la agilidad y la precisión con las manos, aspectos importantes a la hora de realizar este tipo de trabajos.
2. Una vez terminadas, lijadas y pintadas; las cubrimos con medias y les cosemos una goma ancha simulando el cuello, de esta forma nos resultará mucho más cómodo sujetarlas a la base.
3. En lo referente al pelo, he optado por pétalos cosidos, debido a la temática general del escaparate. Usando los blancos para los bustos blancos y reservando los granates para los negros.
DISEÑO DE LAS ALAS
1.Dibujamos la plantilla de un ala, de la cual sacaremos las dos asegurando así la simetría. Con un alambre consistente realizamos el contorno trabjándolo poco a poco con las manos, una vez formado, unimos los extremos con cinta aislante.
2.Cubrimos con una media, anudamos el extremo abierto y disimulamos el nudo cosiéndolo con hilo transparente al alambre.
3.Unimos ambas alas con un trozo de tela y decoramos.
NOTA: En este caso las alas son decorativas, van directamente sujetas al maniquí con alfileres. Si la idea es diseñarlas para un disfraz, habrá que coser las dos gomas por donde se meterán los brazos para colgarlas.
El Rey León, película de animación desarrollada y producida por Walt Disney Company en 1994, ha sido llevada al teatro por la directora teatral Julie Taymor, convirtiéndolo en uno de los espectáculos más vistos hasta el momento.
Julie Taymor, conocida por sus innovadoras producciones que combinan actores, máscaras, esculturas, figuras animadas y grandes paisajes escénicos teatrales, ha plasmado en este musical toda su creatividad situándolo en la primera línea de Broadway con sus casi 60 millones de espectadores en todo el mundo.
La forma de caracterizar a cada uno de los personajes, la representación de las numerosas escenas y el como da vida a los diferentes elementos decorativos son fruto de una imaginación y creatividad inalcanzable.
Conservando las características de los personajes de Disney, Taymor utilizó máscaras africanas de madera para proporcionar profundidad a los rostros, encontrándose con el handicap de la expresividad ¿cómo conseguir transmitir con una sola actitud fija la ira, el humor y la pasión de un personaje para contar toda la historia?
Sergi Albert «Scar»
Para ello, junto con Michael Curry, diseñó unas máscaras gigantes para los personajes de Scar y Mufasa mostrando la expresión facial del actor por debajo de las mismas y ayudándose del vestuario para potenciar la dualidad humano-animal.
Mientras que la cualidad humana se plasmó con un estilo africano de trabajo de abalorios, fajas, armadura y tela, los trajes se confeccionaron en seda para negar la forma humana y romper la línea de los hombros enfatizando el poder de las articulaciones y los músculos.
Si a todas estas cualidades añadimos la expresión corporal, el resultado es realmente impresionante.
No se necesitan un par de zarpas para recrear una pelea, con un movimiento de hombros hacia adelante y un sistema que situaba la máscara a la altura del rostro conseguían transmitir la fuerza y rabia necesaria para protagonizar la escena.
Para la caracterización de las hienas Taymor se inspiró en la técnica Bunraku.
En esta técnica, datada en el siglo XVI, los artistas son visibles para el público y controlan unas figuras de gran tamaño manipuladas por equipos de tres hombres mientras un narrador cuenta la historia.
El más experto, el único que puede ser visto por el público, maneja la cabeza y el brazo derecho y, los otros dos, están completamente ocultos con ropa negra, controlando la mano derecha con una vara y las piernas.
A diferencia de la técnica Bunraku, en El Rey León, cada hiena estaba formada por una única persona.
La mano derecha manejaba la cabeza de la hiena mientras que la izquierda sujetaba la estructura que simulaba las patas delanteras, donde el artista apoyaba su pecho.
Las piernas del actor representaban las patas traseras y, para unir cuerpo y cabeza, se ayudaban del vestuario.
Ciertos aspectos de esta técnica también se pueden encontrar en el guepardo, donde ambas cabezas iban unidas con unos cables que movían la cabeza del animal hacia la dirección que marcaba el artista y donde las patas delanteras se guiaban con unas varas.
O en el caso de Pumba que movía boca, lengua y hocico.
En lo referente a la escenografía me gustaría destacar, entre su gran variedad de ingeniosos decorados, la estampida.
Me resultó realmente impresionante la forma de representar la carrera de los ñúes hacia el pequeño Simba.
El escenario estaba dividido en tres planos, el último representaba la silueta de los antílopes en la parte alta de la ladera, una vez comenzaba la música, la silueta iba desapareciendo dando paso a una proyección de cabezas de animales cayendo en forma de cascada.
El segundo plano era una ventana gigante y, en el espacio situado entre ella y el plano final, aparecían unos pedales gigante girando con las figuras de los ñúes en sus extremos, activados cuando la primera fila de la proyección llegó al suelo del escenario.
Mientras tanto, en el primer plano, que sería el escenario, Simba corría y corría en el sitio mientras el resto de bailarines, con unas cabezas gigantes que representaban los antílopes, se iban incorporando a la escena. Una vez lleno, las cabezas iban alcanzando la primera posición mientras el león se perdía entre en la multitud.
Lo bueno del El Rey León es que vemos cómo funciona la magia en el escenario. No hay intención de esconder las ruedas y piezas de engranaje que hacen que todo suceda. Los seres humanos que controlan las figuras animadas y llevan puestas las máscaras de los animales se ven por completo. Cada miembro del público de El Rey León tiene un trabajo importante: con su imaginación está invitado a mezclar el «animal» y el humano en un todo mágico.